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Cada vez que levantamos nuestras manos imperiosas, |
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cada vez que provocamos al sencillo que se asusta, |
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cada vez que abanicamos la soberbia y la cordura, |
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cada vez que nos creemos superior sobre los otros, |
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cada vez que el pobre pájaro por nosotros deja el
nido, |
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cada vez que las hormigas soportan nuestras pisadas, |
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cada vez que nada vemos al ver ese cielo vívido,, |
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cada vez que cometemos la omisión de la palabra, |
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cada vez que nos callamos con violencia sordomuda, |
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cada vez que retiramos nuestra mano desgastada, |
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cada vez que el ratoncillo de la casa entra en el
cepo, |
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y la furiosa desgana de la maceta se agosta, |
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cada vez que repetimos el amor sin repartirlo, |
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cada vez que nos amamos sólo hacia dentro y de nadie, |
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por cada vez de estas veces estamos aquí reunidos, |
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por mi culpa, por mi culpa, nuestra grandísima culpa, |
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el universo no es tanto tejido noble y sincero, |
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¡la historia no es tan cabal! |
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Mienten los hombres si no se acogen |
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a la gran paz inocente de la dádiva y el beso. |
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Hermanos que proclamáis la paz, me habéis elegido |
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para cantar suavemente, como me dicta el amor. |
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En una tarde cualquiera. En una despedida |
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o comienzo. No sé. Sigo creyendo en el hombre, |
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y sigo besando a Dios. |