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Qué hermosos son sobre los
montes |
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los pies del mensajero que
anuncia la paz.
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Son como el monótono discurso de
la lluvia, |
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la indumentaria elástica de la
paloma y el báculo del mar. |
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Las aspas del molino soñarán con
el aire |
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impetuoso que absuelve la maleza
del campo, |
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mientras el labriego esparce la
semilla |
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de la consolación y brotan las
lujuriosas hortalizas.
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Qué hermosos son sobre los
montes |
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los pies del mensajero que
anuncia la paz.
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El pescador heroico recogerá las
redes |
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de fulgor plateado y ensalzará
las olas. |
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Se aplacará la violencia hostil
de los relámpagos |
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y la luna allanará la senda del
pastor solitario. |
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Nacerá la concordia en los
barrios sombríos |
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sin otro atenuante que el chorro
miserable |
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de la fuente, sellada en el
tiempo de sequía, |
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y se amontonarán las hojas de
los álamos.
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Qué hermosos son sobre los
montes |
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los pies del mensajero que
anuncia la paz.
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No habrá ningún caballo que
muera de tristeza |
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ni un breviario escondido en el
atril del templo, |
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ni la carta patética de un niño
paralítico |
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perdida en el buzón del tiempo
malogrado. |
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Conmoverá el austero Sermón de
la Montaña |
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hasta alcanzar el íntimo
territorio del hombre. |
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Se encenderán las lámparas de
los orfelinatos |
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y su luz compasiva reconciliará
la tierra.
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Qué hermosos son sobre los
montes |
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los pies del mensajero que
anuncia la paz. |