Perfil del seguidor de Jesucristo
INTRODUCCIÓN
El tema es ciertamente apasionante: es como anticipar un capítulo de la aventura cristiana a través del tiempo. Sin embargo, abordarlo se presenta complejo. Hay muchas puertas para entrar y muchas rutas para aventurarse en él:
§ Una es el misterio de Dios por el cual el seguidor de Cristo se siente atraído; ¿Cuáles podrían ser los destellos o reflejos de este misterio cuando se tratará de vivirlo y expresarlo según las condiciones humanas en un contexto cada vez más secularizado?
§ Otra es la existencia terrena de Cristo que el seguidor entiende imitar y actualizar. La adhesión que lleva a la conformación a Cristo, dice VC, es el ideal, el esfuerzo y el camino de aquellos que se ponen en su seguimiento; en particular la Vida consagrada ha sido llamada “memoria” del acontecimeinto de Cristo. La inspiración que se desprende de la existencia de Jesús es inagotable y puede contener sorpresas.
§ Puerta y camino puede ser la hora que vivirá la Iglesia, de la cual los seguidores son parte viva y manifestación particularmente evidente. ¿Cuáles son los compromisos, las situaciones o intenciones de la Iglesia que comienzan ya a sugerir o indicarán en el futuro rasgos que el seguidor debe cultivar?
§ Pongamos también los desafíos del mundo que forman el contexto en el cual los gestos, las actitudes, las tareas resultan significativos, si constituyen realmente respuestas a las urgencias y ulteriores retos.
§ A estos elementos que no pueden no considerarse, se une otro factor de complejidad: la incógnita del futuro. El milenio es largo. Nadie nos asegura que será todo igual. Ninguno alcanza a prever en forma adecuada su evolución y sorpresas. Por cuanto se trate de imaginar, habrá que estar dispuestos a los éxodos.
El último tiempo - me refiero en forma general al postconcilio y en particular a los años 90 - ha sido rico en reflexiones sobre el seguimiento de Cristo en las diferentes condiciones de vida. La identidad cristiana misma exigía profundización y reformulación.
Las tres exhortaciones apostólicas: “Los fieles laicos”, “Os daré Pastores”, “La Vida Consagrada” han entregado cuadros de referencia inspirdores que satisfacen también el pedido de acercar los ideales cristianos a la vida de hoy y colocarlos en las situaciones concretas del mundo.
Hay en estos documentos y en los comentarios que les siguieron, un vocabulario cargado de resonancias que orientan hacia el futuro, conforme a la afirmación de Vida Consagrada: “Nosotros no tenemos solo un pasado para recordar, sino un futuro para construir”: signos, profetas, servidores, expertos, testigos, modelos.
La mismas Exhortaciones han contrastado la existencia del seguidor con iconos evangélicos, capaces de entregar constantemente nuevos significados. Son ellos:
§ La Transfiguración, que habla de una experiencia personal de iluminación y gozo, por la cual se alcanza a perforar lo visible para vislumbrar el misterio. A la luz de esta experiencia, se transfigura toda la existencia; el seguidor es como aquel que camina en este mundo como si viera el Invisible;
§ La lucha de Jacob: expresa la necesidad absoluta de Dios del cual no podemos separarnos y lo que esto produce en nuestra vida;
§ El lavatorio de los pies: indica la prontitud para el servicio a la persona, con la convicción de haber sido amados por el Padre y de abrir con nuestra caridad una ventana hacia él;
§ La comunidad de los primeros cristianos: sugiere la capacidad de compartir todo con los hermanos en una comunión que tiene su raíz en Cristo y en el Espíritu;
§ La figura de Elías: habla al seguidor sobre el ejercicio, el riesgo, la necesidad perenne de la dimensión profética inherente al bautismo, radicalizada en la vida consagrada;
§ La unción de Betania: es símbolo de la belleza del amor, la absoluta gratuidad que vuelven preciosos algunos gestos hacia Dio y hacia el prójimo. Por ellos la casa de la humanidad que huele a interés se llena de un perfume insólito;
§ Pedro y María: juntos hablan sobre la relación y unidad entre ministerio y carisma: “ La vida consagrada ha sido vista prevalentemente en la parte de Maria, la Virgen Esposa… El pueblo cristiano encuentra en el ministerio ordenado (de Pedro) los medios de salvación y en la vida consagrada el estímulo para una plena respuesta de amor en las varias formas de servicio” (n. 34).
Por no abundar, no nos detenemos a comentar los iconos que marcan los pasajes de las otras dos exhortaciones: el Buen Pastor, la vid y los sarmientos.
Más bien que moverme por los textos o desde ellos para asomarme al futuro del seguimiento de Cristo, quisiera navegar por los acontecimientos que se van entretejiendo alrededor de la celebración del Jubileo y descubrir las direcciones que están indicando.
En la vigilia del tercer milenio el Espíritu está conduciendo a la Iglesia por caminos que pueden sugerir algunos rasgos del perfil del seguidor de Cristo en un futuro próximo.
SIGNO DE COMUNIÓN Y DE ENCUENTRO
• En esta aurora de un nuevo milenio el Espíritu está llevando a la Iglesia a construirse como signo de comunión, a ofrecerse a la humanidad como instrumento de encuentro, entendimiento y unidad.
Es como decir que la Iglesia siente casi en sus mismas entrañas que está llamada a ser mediadora y maestra de concordia, de convivencia posible, de paz, de reconciliación, de acogida del diverso, de solidaridad, de interculturalidad…. en una hora de globalización, unificación física del mundo, comunicación global, interdependencia.
En lenguaje secular se diría que es una macrotendencia. Desde la fe hablamos de una viento del Espíritu. Coloco esta dirección como primera, porque aparece hoy como un signo comprensible, que recoge adhesión y es de amplia convocatoria. Como el día de Pentecostés la gente fue atraída por la curiosidad de un acontecimiento y de una energía insólita y después escuchó el discurso de explicación, así hoy la mirada hacia la Iglesia es atraída por su esfuerzo y compromiso de ayudar a superar las divisiones, especialmente las que comportan altos costos humanos.
Algunos hechos, directamente relacionados con el advenimiento del 2000, manifiestan este intenso movimiento de la Iglesia en la línea de la comunión.
§ El más evidente es la sucesión de los seis Sínodos, correspondientes uno a cada continente, y un último de la Iglesia universal. No será fácil volver a tener seis sínodos en el espacio de cinco años. Los Sínodos son un esfuerzo de hacer real, visible y efectiva la comunión eclesial según las características de hoy y de afrontar concordes el servicio evangélico de los pueblos, en vastos escenarios. En alguno de estos Sínodos han sido estudiadas y subrayadas explícitamente las nuevas dimensiones y cometidos de la comunión eclesial. Es el caso del Sínodo de América que se concentró en el tema: “La conversión, camino a la comunión y a la solidaridad”.
§ En la misma dirección va el llamamiento insistente a una mayor integración, a un mayor sentido de complementariedad y colaboración entre las diversas vocaciones cristianas, ministros ordenados, consagrados y seglares, y la forma que van tomando las comunidades eclesiales en las que todo esto se pone en práctica.
§ Coloquemos en la lista de los signos de comunión el movimiento ecuménico y el diálogo interreligioso, que valoriza las riquezas de las diversas experiencias religiosas y hace converger el esfuerzo de todos los creyentes sobre algunos problemas humanos de suma urgencia.
§ En la misma línea van las peticiones públicas de perdón que se proponen derribar las barreras o prejuicios y despejar el camino hacia un encuentro y diálogo entre aquellos que la historia llevaba a considerarse adversarios: superación por lo tanto de los prejuicios históricos religiosos (judíos), apertura pública del diálogo con la mentalidad moderna y científica (Galileo), reconocimiento del primado de la conciencia (Inquisición).
Se podría continuar con una larga lista. Enuncio rápidamente todavía otros tres signos:
§ la voluntad de mediación de las Iglesias y de los cristianos en la solución de conflictos locales. Hemos tenido oportunidad de verlo en Africa, en ocasión del embargo y guerra contra el Irak, en el conflicto de Mozambique y Angola, y ahora en Serbia;
§ la valorización de parte de la Iglesia de las diversas culturas que habían sido una de las mayores causas de discriminación;
§ el esfuerzo de intervenir en la línea de humanización a través de las representaciones y misiones humanitarias.
Este movimiento de la Iglesia corresponde a una situación del mundo que tiene sus reflejos en muchos contextos nacionales, en las ciudades, en los hogares.
Hay un deseo y una necesidad de encuentro, de aceptación mutua, de reconocimiento, de integración, de comunicación, de colaboración, de unidad y de paz
Por otra parte hay una experiencia triste de conflictualidad difusa y múltiple; de discriminación étnica, social, económica; de opresión de las minorías; de aislamiento personal por la atomización individual y el exasperado sentido de autoafirmación y competencia que estalla en diversas formas.
Al mismo tiempo hay un vacío de elementos moderadores e instituciones mediadoras: después de los equilibrios anteriormente logrados, no hay organismos con fuerza moral, con base jurídica, con tradición cultural capaces por sí solos de mediar eficazmente.
Todo esto se contrasta con la voluntad de Dios de hacer de la humanidad una familia y con la oración de Cristo por la unidad.
De todo esto se desprenden significados y consecuencias pastorales.
§ La comunidad cristiana está llamada, en su contexto, a ser punto de referencia para la acogida, el encuentro y el diálogo, la fraternidad. Según una hermosa expresión está llamada a ser la “casa del hombre” donde quienquiera tiene esta condición y está acosado o preocupado por una cuestión encuentre un lugar de comprensión.
§ El seguidor de Cristo –pastor, seglar o consagrado– debe ser un hombre o mujer de comunión: formarse un corazón y una mentalidad humanamente universales, desarrollar un conjunto de actitudes y capacidades que lo hagan sensible en el auscultar, dispuesto a recibir, pronto a escuchar, preparado para mediar, abierto a recibir.
Esto conllevará en primer lugar realizar la armonía y la unidad en sí: unidad entre su identidad religiosa y el vivir en medio de las diferencias, entre su opción por lo trascendente y su vivir en lo temporal, entre su existencia secular y su experiencia mística, entre presente y definitivo, entre contemplación y compromisos.
A los discípulos seguidores de Jesús se les confía además una función de comunión más allá del testimonio silencioso y del ejemplo, a través de una acción bien orientada. Fuertes de una experiencia personal de fraternidad, están llamados como individuos y como comunidad a sostener, reconstruir o reforzar la comunión: se convierten en “expertos” de unidad, operadores de reconciliación.
En tal sentido se ha hablado de una nueva relación entre los consagrados para interpretar señales del tiempo y realizar iniciativas juntos; de las nuevas posibilidades que hay que crear entre consagrados y seglares; de la unión que hay que construir en la Iglesia local.
Pero se puede también referir a a la comunidad humana o territorio, considerada en un radio inmediato y amplio: barrio, ciudad, nación, mundo. Emerge la necesidad de rehacer las relaciones sociales contra el anonimato y el espíritu de gueto, de cultivar la aspiración a la paz, el deseo de reconciliación y de convivencia digna. Hay que equilibrar y curar con una cultura diferente algunas tendencias que atraviesan el mundo: la marginación, los varios fundamentalismos, las manifestaciones de racismo.
Formarse como personas de comunión y diseñar las presencias como “expertos, testigos y artífices de comunión” quiere decir saber crear motivos y momentos de agregación, mediar en los conflictos pequeños y grandes, infundir voluntad de encuentro y convivencia fraterna, favorecer estructuras y espacios humanizantes, ser pacíficos en el sentido fuerte de la palabra, trabajar para destruir prejuicios sociales y étnicos, ser capaces de dialogar con mentalidades diversas.
COMPROMISO CON LOS POBRES
Una segunda dirección va marcando el Espíritu a la Iglesia en esta vigilia del 2000: amar a los pobres con el corazón de Cristo.
“Sintió compasión por ellos”, dice el Evangelio de Jesús a la vista de la multitud hambrienta. Y la buena exégesis comenta que no se trata solo de un sentimiento superficial, sino que la expresión alude a la misericordia con que Dios mira y trata siempre al hombre.
En el camino eclesial que va llevando al Jubileo se ha ido afirmando una expresión: opción preferencial por los pobres, partir siempre de los últimos.
Los contextos donde vivimos se van modificando ante nuestros ojos. Factores económicos, sociales y culturales están determinando una nueva configuración de la sociedad y del mundo.
El escenario está marcado por un fenómeno: la pobreza. No es solo la condición de algunos.
§ Es el drama de la humanidad, un drama espiritual antes que material. A nivel mundial presenta dimensiones trágicas y sus efectos sobre personas y pueblos son devastadores. Es suficiente pensar en el hambre, un escándalo que dura desde hace mucho tiempo, que pone en peligro el presente y el futuro de un pueblo y destruye la vida. O en el éxodo de millares de prófugos, víctimas de contraposiciones raciales, discriminaciones religiosas o rivalidades impulsadas por poderes externos. O también en la urbanización precaria, sin condiciones mínimas de trabajo, casa, servicios o participación civil, que constituye el fenómeno de la marginación ciudadana.
§ Añádase la inmigración, la explotación de muchas categorías débiles y el trabajo de menores, las servidumbres de varios tipos, la situación de las mujeres en muchos contextos, las deficiencias en ámbito familiar, el fracaso escolar de los jóvenes, la desocupación, las dependencias varias, la delincuencia, la vida en la calle. Tampoco se pueden subestimar la falta de razones para vivir, la ausencia de perspectivas humanas y espirituales que desemboca en los conocidos fenómenos de compensación y evasión.
Esta multiplicidad de formas hace de la pobreza un hecho universal. Incluso las sociedades opulentas y tecnológicamente avanzadas la anidan y desarrollan en su seno, no solo a causa de la inmigración, sino también como resultado residuo de su proprio sistema. Basta recorrer las calles de una ciudad para quedar impactados por sus manifestaciones.
Existe una interrelación entre muchas formas de pobreza y nuestro estilo de vida. El mundo se ha hecho interdependiente para bien y para mal.
La actual desocupación, el empobrecimiento de muchos y la consecuente reducción de las posibilidades educativas, dependen de un sistema económico que pone en segundo plano el valor de la persona como tal. Las tragedias que afectan a grandes grupos en varias zonas del planeta, en forma casi anónima, tienen origen en las políticas económicas y culturales de una parte del mundo.
Hay muchos ejemplos al alcance de la mano que confirman tal interdependencia. No se trata solo de bienes materiales, sino de justicia, solidaridad, dignidad de la persona, concepción de la vida y del mundo.
El amor de la Iglesia por los pobres pertenece a su constante tradición (cf. CA 57).
§ En los contextos de mayor miseria han surgido en las comunidades cristianas personas carismáticas que han enfrentado las plagas sociales más difusas con oportunas iniciativas. Juntas lograron atender a casi todas las categorías de pobres propias de su tiempo: indigentes, iletrados, abandonados, reducidos a la servidumbre, prisioneros.
§ No pocas de ellas fundaron comunidades equipadas, tanto en el aspecto espiritual como en el operativo, para responder a la necesidad de los pobres con proyectos de gran alcance. Pasaron a la historia como grandes testigos del Evangelio y entre sus más elocuentes anunciadores.
§ Al emerger las cuestiones sociales, una visión más crítica de la sociedad puso en evidencia los mecanismos generadores de la miseria. La Iglesia denunció entonces los modelos de organización económica, social y política que subestiman el valor de la persona, la despojan del derecho a los bienes necesarios para una vida plenamente humana y expanden la miseria y la marginación.
§ El magisterio social se hizo más constante tras el Concilio, no solo por las dimensiones que estaba adquiriendo la pobreza y por una percepción indiscutida de sus causas, sino también por la nueva conciencia que maduraba en la Iglesia con respecto a su testimonio y misión.
En el contexto de esta sensibilización general fue ganando terreno la expresión “opción preferencial” por los pobres, no tanto como una recomendación de caridad individual, cuanto como un criterio para definir la presencia de la Iglesia en nuestro mundo.
Esta opción se recomienda en particular a los religiosos. Ellos efectivamente, por la radicalidad del seguimiento de Cristo, representan en forma más inmediata el amor de la Iglesia y de Cristo por los pobres y tienen una tradición rica de iniciativas. La opción por los pobres es inherente a la dinámica misma del amor vivido según Cristo.
Al inicio de la fase de la nueva evangelización, la opción por los últimos fue reiterada con múltiples modulaciones. Se ha destacado que ella abre el camino al anuncio de Cristo, y éste da a la opción su verdadero sentido.
El corazón de la nueva evangelización es el Evangelio de la caridad, que asume los problemas y las situaciones humanas que necesitan la fuerza transformadora del amor. Es una caridad que se preocupa de aliviar las necesidades inmediatas, pero que, sobre todo, se compromete con un proyecto social y cultural de vasto alcance en el que la persona es siempre considerada según su vocación y dignidad, a la luz de cuanto nos ha sido revelado por Cristo.
Aun a riesgo de sobreabundar, no quiero dejar de recordar como la opción por los pobres integra el programa eclesial para el Jubileo del 2000. “En este sentido, recordando que Jesús vino a ‘evangelizar a los pobres’ (Mt 11, 5; Lc 7, 22), ¿cómo no subrayar más decididamente la opción preferencial de la Iglesia por los pobres y los marginados? Se debe decir ante todo que el compromiso por la justicia y por la paz en un mundo como el nuestro, marcado por tantos conflictos y por intolerables desigualdades sociales y económica, es un aspecto sobresaliente de la preparación y de la celebración del Jubileo. Así, en el espíritu del libro del Levítico (Lv 25, 8-28) los cristianos deberán hacerse voz de todos los pobres del mundo” (TMA 51).
El largo proceso de reflexión ha tenido también el efecto de aclarar el alcance de la opción preferencial por los pobres.
§ No comporta exclusión alguna, ni desatención a nadie, sino que expresa el compromiso de toda la Iglesia en el momento histórico por el que está pasando el mundo. No es paralela ni se yuxtapone a la evangelización, que será siempre y en primer lugar la tarea de la Iglesia, pero se la entiende dentro del anuncio de Cristo, según la aclaración de Pablo VI en la Evangelii Nuntiandi (cf EN 32). No consiste solo en los “servicios” inmediatos, sino en la evangelización de la cultura y de los modelos de vida.
§ No pertenece solamente a algunos, sino que es asumida por la Iglesia y llevada a cabo mediante la complementariedad de los dones, prestaciones y proyectos. Así, pues, es de desear que todos los seguidores estén en favor de los pobres, que muchos estén entre y con los pobres, y que quienes lo sientan vivan como los más pobres.
§ La credibilidad de la fe cristiana, especialmente entre los jóvenes, discurre hoy por dos carriles. Uno es el de la propuesta de un sentido para la vida, que comprende la espiritualidad. El otros es la solidaridad con los que sufren o carecen de condiciones para vivir como personas.
El mensaje de la caridad es inmediatamente comprensible: el amor habla naturalmente de Dios, de lo que está más allá del hombre. Las imágenes más populares de los seguidores de Cristo son las de aquellos que han expresado en forma elemental e inmediata su amor a los pobres. Tenemos también ejemplos en nuestro tiempo. Y tal vez, aunque ya muy traído, no sea superfluo recordar como el de Madre Teresa ha movido a creyentes y no creyentes, a cristianos y fieles de otras religiones.
El seguidor deberá pedir y formarse un corazón compasivo y misericordioso, capaz de conmoverse ante lo que las personas padecen, radicalmente dispuesto a compartir, a aliviar, a dar esperanza y a servir.
PARTICIPACION EN LA ELABORACIÓN DE LA CULTURA
Un tercer impulso del Espíritu lleva a la Iglesia a participar apasionadamente en pensar lo humano, en la elaboración de la cultura, aportando “luz” para ayudar a encontrar el sentido de la existencia y “sal” para darle un sabor que la haga apetecible.
Con otras palabras: mantener despierta la conciencia, iluminar nuestro destino, dar calidad a la vida, humanizar las relaciones.
Hay en la cultura actual algunas brechas profundas.
§ Una es ciertamente la que se va creando entre libertad y conciencia. A un gran espacio de decisión personal no corresponde igual claridad sobre valores y significados. Basta pensar en la deriva a que están yendo la concepción del amor, el ejercicio de la sexualidad, la constitución de la familia, las operaciones económicas. Se exalta la transgresión. El Occidente sobre todo tiene una cuenta descubierta con la vida y sus múltiples interrogantes.
§ Se nota otra brecha entre concepción de la vida y verdad: ésta no es buscada para inspirar la primera. Estamos en tiempo de pensamiento débil, de pluralismo y fragmentación, de definición por estadísticas: es el problema del fundamento del cual sufre la vida privada y la misma sociedad.
§ Y recordemos también la brecha entre provecho y realización individual y solidaridad o bien común: posesión y distribución de bienes.
Las dos primeras brechas han sido analizadas por dos cartas de Juan Pablo II: “El esplendor de la Verdad” y “La Fe y la Razón”. La tercera fué el objeto de una serie de documentos , de los cuales el ultimo es la “Centesimus Annus”.
El esfuerzo por resolverlas ha llevado a acuñar algunas expresiones que nos son ya familiares: diálogo entre evangelio y cultura, fermentación cristiana de la mentalidad, cultura cristianamente inspirada. Parecen problemas de intelectuales. Sin embargo sus consecuencias se difunden capilarmente y penetran en la conciencia mediante la comunicación social y las instituciones que actúan en el ámbito educativo.
En cada una de las opciones que se hagan respecto de lo que estas brechas representan está de por medio la calidad de la vida y de la convivencia humana.
Compromiso de la Iglesia es ayudar a pensar la existencia a la luz de la Encarnación y de la Pascua de Cristo. Y hay que decir, para mayor confianza de parte nuestra, que en la búsqueda actual de sentido la voz de la Iglesia es positivamente, si no seguida, sí aceptada: ha sido superada la visión de la religión como “opio” y como “posición oscurantista”: la postmodernidad significa también el ocaso de la mentalidad iluminista y del fundamentalismo racionalístico.
Cinco caracterizaciones del seguidor de Cristo se refieren a cuanto hemos dicho: será
§ un observador atento de la evolución humana;
§ un compañero solidario (ni ausente, ni visitante, ni curioso ni turista) en la búsqueda de los mejores caminos;
§ optimista portador de esperanza en los esfuerzos sinceros que los hombres hacen para dar sentido a su existencia;
§ vigía crítica sobre lo que conjura contra la dignidad humana;
§ capaz de terapia comprensiva de cara a los horizontes estrechos .
Dice Vida Consagrada: “La persona consagrada, dejándose transformar por el espíritu, se vuelve capaz de ampliar los horizontes de los estrechos deseos humanos, y al mismo tiempo de captar las dimensiones profundas de todo individuo, más allá de los aspectos más vistosos pero frecuentemente marginales” (n. 98) .
SER ANUNCIO DE CRISTO Y RESPUESTA DE ESPIRITUALIDAD
Una ultima dirección: responder a una cierta sed de espiritualidad, sostener la búsqueda de Dios, purificar la experiencia religiosa, ofrecer el anuncio de Cristo en nuevos espacios geográficos y humanos.
Simplificando, se puede decir que en el panorama religioso de hoy aparecen tres signos:
§ el extenderse progresivo de la increencia, como suspensión de juicio, un no querer pronunciarse ni buscar más que como afirmación de ateísmo; la reaparición de una experiencia vagamente espiritual, de un deseo de interioridad, de búsqueda de sentido bajo formas de religiosidad confusa y a veces exótica; la toma de conciencia y profundización de la identidad cristiana, de la cual son pruebas el nacimiento y desarrollo de los movimientos eclesiales, el florecer de grupos y oportunidades de reflexión y otras semejantes.
§ Se añade la palabra de orden para el tercer milenio –la nueva evangelización– conectada con la cual se halla una nueva misionariedad. Sus signos son la reflexión aportada por la Redemptoris Missio, la participación de las Iglesias jóvenes en las misiones, la corresponsabilidad laical, la nueva expansión misionera determinada por la apertura del mundo.
Nueva evangelización y nueva misionariedad se refieren sea a espacios geográficos como a aquellas áreas humanas, modernas, a las cuales debe llegar aún la luz del evangelio y que han sido llamadas areópagos.
§ El servicio a la sed de espiritualidad es frecuentemente recordado en “La vida Consagrada” como tarea específica de los religiosos en cualquier ámbito que se desarrolle su misión.
La espiritualidad no es solo preferencia y camino personal sino también objetivo, contenido de su misión. Ellos están invitados a convertirse en guías y a multiplicar iniciativas que la tengan como finalidad. “Es necesario suscitar en cada fiel un verdadero anhelo de santidad, un fuerte deseo de conversión y de renovación personal en un clima de oración siempre más intenso y de solidaria acogida del prójimo, especialmente del más necesitado” (VC 39).
No se trata de un compromiso individual, sino de un proyecto comunitario y de una finalidad institucional. “Cada Instituto y cada comunidad aparezcan como escuelas de auténtica espiritualidad evangélica” (VC 93).
El servicio a la dimensión espiritual va más allá de los confines de la comunidad y se coloca como acompañamiento y apoyo para todos cuantos están en búsqueda de orientación. “Los que abrazan la vida consagrada, hombres y mujeres, son por la naturaleza misma de su opción interlocutores privilegiados de aquella búsqueda de Dios, cuya presencia aletea siempre en el corazón humano, llevándolo a múltiples formas de ascesis y de espiritualidad” (VC 103).
El difundirse del ateísmo práctico, el secularismo, la religiosidad difusa y vaga, el deseo de profundización de la identidad cristiana por parte de los creyentes, el momento eclesial de tensión hacia una mayor autenticidad evangélica, los espacios abiertos a la evangelización, impulsan a hacerse cargo de la dimensión trascendental de la vida que interroga a muchas personas.
Es uno de los desafíos más serios, si no el más serio, de estos años. Somos conscientes de haber recorrido un camino de renovación de las ideas, de haber pensado contenidos y métodos de trabajo pastoral, de haber actualizado las estructuras de vida comunitaria y de gobierno. En este momento aparece urgente lograr hablar a la vida y al corazón del hombre sobre lo que constituye la crisis de la cultura: el sentido y el fundamento de los valores y de las esperanzas a las que nos confiamos.
Dado que en un camino de este tipo se es iniciado por alguien que ya tiene experiencia o por un grupo con capacidad de implicar vitalmente, se pide a los religiosos la experiencia personal de Dios conscientizada, buscada y profundizada, y la competencia para iniciar a otros, adultos y jóvenes. Las iniciativas, las estructuras, los sujetos, los recorridos, son múltiples y ofrecen espacio a una gran variedad de carismas.
CONCLUSIÓN
El seguidor de Cristo tuvo siempre un “secreto”, una historia para contar, una experiencia personal que comunicar, más que una doctrina que proponer:
Dios “acontece” en la historia humana. No es solo ni principalmente el “objeto” de un tratado, un “tema” de la filosofía, una “cuestión” para aclarar. No es solo tampoco el trascendente, el que está más allá de la existencia mundana. Nosotros lo encontramos y experimentamos en la vida. En el lenguaje de la Biblia Dios es el que se revela y viene al encuentro. En un clima light de increencia, el seguidor de Cristo se caracteriza porque tiene la certeza de la realidad histórica de Dios. Ha hecho una experiencia personal de ella en Jesús. Esto queda como un punto definitivo de luminosidad y de felicidad que se difunde en cualquier circunstancia de su existencia y en cualquier pasaje histórico del mundo.
La biografía de los seguidores de Jesús presenta un esquema común y tramas diversas para cada uno. La historia es la misma; el desarrollo y el orden de los capítulos, inconcebiblemente diferentes. Todos se encontraron con Cristo, quedaron como fascinados por su personalidad y opciones, volvieron a él para escucharlo o interrogarlo sobre temas que eran candentes en su tiempo, se incorporaron a su séquito físico o espiritual. Sin esta experiencia personal de adhesión a Jesucristo vivo, se puede ser un estudioso de su figura histórica o mítica o un experto de su doctrina, pero no un seguidor.
El hecho del encuentro, su intensidad vital, lo que va sucediendo después de ponerse tras las huella y a la escucha de Jesús lo pertrecha para interpretar el presente y disponerse al futuro. Lo vuelve un optimista motivado y su mirada es positiva porque alcanza a ver todo a la luz del Verbo Encarnado.