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EL TIMÓN DE MI BARCA

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“El temporal zarandea a los navegantes y aumenta el riesgo de naufragio. Todos palidecen ante una muerte inminente. Pero sobreviene la bonanza en el cielo y en el mar, y se sienten inundados de alegría, porque el susto fue de marca mayor” (S. Ag. Conf. VIII, 3,7).

El timón sirve para  dirigir o cambiar el rumbo de una embarcación. Es una pieza pequeña pero clave. Nuestro barco puede ser de gran la calidad, técnicamente perfecto,  pero son las condiciones del timón y su manejo  lo que va a determinar, definitivamente, el curso que habrá de tomar el barco. En cada timón yace el sueño de un rumbo, de iniciar un viaje, con docilidad a los movimientos del patrón para guiar nuestra barca, nuestra vida, a puerto seguro.

Si se usa el timón de una manera adecuada, nuestra barca- nuestra vida- llegará segura a buen puerto. Ahora, si no se usa como es debido, nuestra barca podrá  naufragar, hundirse. A pesar de ser una pieza clave, la dirección del barco no depende del timón sino de quien lo maneja: el patrón o el capitán  de la embarcación, sin ponerle resistencia y confiando en él.

Y el interrogante, hoy, sería: ¿A quién confiamos el timón de nuestra barca, de nuestra vida? Es algo que tendríamos que profundizar con sinceridad para saber si el que conduce nuestra vida de verdad es Jesús. “Cuando nos refugiamos en otro, más que fortalecernos, nos debilitamos” (S. Ag. En. 45,2). Quizás, sin darnos cuenta, hemos puesto a otro piloto a cargo de la conducción de nuestra barca o, simplemente, confiamos más en nuestra experiencia, nuestros medios técnicos, nuestras circunstancias que en el mismo Jesús. Pero… ¿Qué soy yo sin ti sino un guía que lleva al despeñadero? (S. Ag. Conf. IV, 1,1)

La barca de nuestra vida, cuando no deja que  sea el Señor quien maneje su timón, navega  por un mar embravecido que le puede hacer zozobrar, perder el rumbo y no llegar a puerto seguro. Todos tenemos una dirección marcada en nuestra vida que hemos de seguir y ésta es la dirección que el Señor nos va ofreciendo en su Palabra. Oremos, reflexionemos “para que no seamos como niños, juguetes de las olas, zarandeados por cualquier ventolera…”(Ef. 4, 14 ) y, con la certeza de que  “Dios es para nosotros refugio y fortaleza”. (S. Ag. Sl. 46,1)

 

Hna. Carmen Ramírez González_AM

 

 

 

 
 

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