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EL ANCLA

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“Mientras nos hallamos en este mundo, siempre que procuremos tener el corazón en lo alto, no nos perjudicará el caminar aquí abajo…Al fijar nuestra esperanza en lo alto, hemos como clavado el ancla en lugar sólido, para resistir cualquier clase de olas de este mundo; no por nosotros mismos, sino por aquel en quien está clavada nuestra ancla, nuestra esperanza”.

(S. Ag. Serm. 359 A, 1)

 

El ancla es un instrumento de acero pesado que sirve para fijar el barco y evitar que sea arrastrado por la corriente o el viento.

Mantiene la nave sujeta a la profundidad del mar sin requerir de un punto de apoyo fuera del agua. Asegurando que el navío se mantenga estable en un punto. Cuando el viento sopla en dirección contraria se echa el ancla para impedir ser arrastrados lejos de la meta y   mantener la quietud en medio de las tormentas y turbulencias sin moverse.

El ancla por  su gran importancia en la navegación, fue especialmente considerada desde la antigüedad como un símbolo de seguridad. Los cristianos, adoptaron el ancla como el símbolo de la esperanza cristiana.

En el cristianismo  la virtud de la esperanza ocupa un lugar de gran importancia, Cristo es la esperanza que nunca falla para aquellos que creen en Él. San Pedro, San Pablo y algunos otros de los primeros Padres lo expresaron en este sentido, pero es en la Epístola a los Hebreos donde se conecta por primera vez, la idea de esperanza con el símbolo del ancla. Las escrituras dicen que tenemos la “Esperanza” colocada delante de nosotros, “como un ancla del alma, firme y segura” (Hebreos 6,19-20)

Hablar de la  esperanza cristiana no es algo desfasado. Nos puede liberar de un optimismo ingenuo, que piensa que el ser humano puede darse a sí mismo todo. La esperanza cristiana no instala en la inconsciencia. Al contrario, inquieta; anima nuestra responsabilidad y creatividad; no nos deja descansar. Una persona que se mantiene anclada en  la esperanza es una persona insatisfecha, que nunca está del todo contenta ni de sí misma ni del mundo en que vive. Que sea el Señor tu esperanza. No esperes ninguna otra cosa distinta de El; que El mismo sea tu esperanza ( S. Ag. En in ps. 39,7) 

El que pierde la esperanza en Cristo lo va viendo todo de manera cada vez más oscura. No es capaz de captar lo bueno, lo hermoso que hay en la existencia. Todo está mal, todo es inútil. Cuando la esperanza se quiebra, todas las fuerzas del navegante desaparecen y caen (S.Ag.  Cfr.  Serm. 158,8)

Sin duda son muchos los factores que pueden generar este desmoronamiento de la esperanza, pero muchas veces todo comienza con la pérdida de “vida interior”, de no estar arraigado en Cristo, nuestra esperanza. El problema de muchas personas no es “tener problemas”, sino no tener fuerza interior para enfrentarse a ellos. “¡Dios de las virtudes, vuélvenos a ti, muéstranos tu rostro y estaremos a salvo! Porque adondequiera que el hombre haga girar su alma, ésta queda inmovilizada junto al dolor, a no ser que la polarice hacia ti” ( Ibd. Conf. IV ,10,15)

 

 

Hna. Carmen Ramírez González_AM

 

 

 

 
 

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