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Lo primero que recuerdo es el estar saliendo de esa oquedad metálica a la
que con el tiempo me
acostumbré (Es importante
aclarar
que los lápices comenzamos nuestra vida consciente cuando nos sacan punta
por primera vez). estaba confundido y mi joven mente sin idea alguna de lo
que era; lo que me agarraba me colocó de cabeza y en ese momento sentí un
terrible deseo de escapar de su mano, este sentimiento no duro mucho, pues
fue un instante después cuando mi cabeza tocó la impecable superficie de
una hoja rayada. Nueva. Siempre recordaré ese momento, cuando mi primer
conocimient o
llegó al poner la fecha en una de las equinas de la hoja, después vino el
título y por último un texto interesantísimo que trataba sobre la historia
de la escritura, supe entonces que mi misión en esta y en la próxima vida
era escribir, poco después supe que también dibujar.
Me conocen como lápiz, estoy echo de madera y grafito, mis compañeros de
estuche me catalogan como un objeto culto y llegué a la conclusión de que
es cierto, las ideas salen de mi cabeza continuamente y he sido lo
suficientemente disciplinado como para documentar todo lo que ha pasado
por ella.
Mi vida transcurre tranquila entre papel y manos. Generalmente despierto y
no salgo del estuche durante las horas suficientes como para volver a
dormir. Sueño con enormes planicies de papel terso esperándome y
dispuestas a que solamente yo cree en sus superficies: entonces juego a
ser dios. Escribo las leyes de ese mundo, dibujo los animales, bosques y
ríos. Describo los comportamientos de cada ser y después, satisfecho,
contemplo lo que he creado. Mi sueño alcanza la perfección cuando llego
hasta este punto pero decae cuando me doy cuenta de que a mi mundo le
falta algo: color.
Añoro los días en que pasaban las horas rápidamente mientras dibujaba o
escribía y cuando recién despertaba y ya estaba rozando el papel. Ahora,
con tanto tiempo para escuchar, mirar, soñar y cavilar empiezo a pensar
que en mi vida falta el color, la pieza para completar el rompecabezas de
la idea de que soy todopoderoso. Solo me limito a tenerlo como un
concepto, pero no es lo mismo describir una pintura que pintarla por ti
mismo.
sin embargo disfruto enormemente cuando a mi dueño se le ocurre por fin
sacarme, me olvido de mis problemas con los colores y me dedico
exclusivamente a pensar en el renglón por el que me deslizo.
Desafortunadamente, mi dueño tiene el mal habito de que cuando dejo de
escribir, me castiga mordiéndome como si la falta de ideas fuera culpa
mía.
A veces me siento un poco melancólico cuando paso en mi compartimiento del
estuche por mucho tiempo, se que ya estoy viejo y eso me preocupa, porque
aunque con mis cuatro años soy el más viejo de los lápices que conozco
presiento que en un futuro no muy lejano habrá muchos que probablemente
tengan el doble de edad que yo. cada vez somos menos usados, por lo que he
escrito sé que las computadoras, lapiceros y plumas han empezado a
sustituirnos a nosotros los lápices. no me alegra ser viejo, “todo por
servir se acaba” y siento que el ser viejo denota mi futilidad.
No me disgusta el desgaste ni jamás me disgustara, siempre y cuando tenga
la oportunidad de bailar por el papel hasta que se me acabe la punta de
cansancio y pueda por fin descansar vuelto aserrín para dejar lugar a un
nuevo lápiz. |
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