VEN Y SÍGUEME

 

 

1. Ambientación

 

Aquella mañana no fue igual que las anteriores. En medio de la tarea cotidiana alguien muy especial se dirigió a unos cuantos hombres y dijo a cada uno: «Ven y sígueme».

 

No utilizó grandes discursos, ni grandes argumentaciones. Simplemente dijo dos verbos en imperativo con la suficiente fuerza y contenido como para cambiar la vida de aquellos que serían sus futuros discípulos.

 

            También hoy, Jesús sigue realizando esta llamada a muchos jóvenes para que, como aquellos primeros compañeros de camino, sean pregoneros de la Buena Nueva y transmisores del gran mensaje de amor del Padre.

 

            Jesús sigue llamando a muchos jóvenes porque necesita mensajeros de su Reino que lleven cada día su Palabra a un mundo tan necesitado de alguien que lo llene en profundidad; un mundo que necesita, aunque no se dé cuenta, de Dios. Jesús sigue llamando y... ¿quién sabe? ¿Tal vez quiere dirigirse a ti?...

 

            Por eso ahora, a solas contigo mismo y con Dios, prepara tu corazón, tu oído...

 

            Escucha y deja que él te hable. Sólo así podrás sentir si te está hablando con esas palabras que un día dirigió a sus discípulos: «Ven y sígueme».

 

 

2. Canción

 

Yo siento, Señor, que tú me amas.

Yo siento, Señor, que te puedo amar.

Háblame, Señor, que tu siervo escucha.

Háblame, ¿qué quieres de mí?

Señor, tú has sido grande para mí.

En el desierto de mi vida: ¡háblame!

 

YO QUIERO ESTAR, DISPUESTO A TODO.

TOMA MI SER. MI CORAZON ES PARA TI:

POR ESO CANTO TUS MARAVILLAS,

POR ESO CANTO TU AMOR (bis)

 

Te alabo, Jesús, por tu grandeza.

Mil gracias te doy por tu gran amor.

Heme aquí, Señor, para acompañarte.

Heme aquí, qué quieres de mí.

Señor, tú has sido grande para mí.

En el desierto de mi vida: ¡háblame!

 

 

 

3. Salmo del hombre abierto a la voluntad de Dios

 

Hoy, Señor, me presento ante ti

con todo lo que soy y lo que tengo.

Acudo a ti como persona sedienta, necesitada...

porque sé que en ti encontraré respuesta.

Siento que no puedo vivir con la duda todo el tiempo

y que se acerca el momento de tomar una decisión.

 

Deseo ponerme ante ti con un corazón abierto como el de María,

con los ojos fijos en ti esperando que me dirijas tu Palabra.

Deseo ponerme ante ti como Abraham,

con el corazón lleno de tu esperanza,

poniendo mi vida en tus manos.

Deseo ponerme ante ti como Samuel,

con los oídos y el corazón dispuestos a escuchar tu voluntad.

 

Aquí me tienes, Señor,

con un deseo profundo de conocer tus designios.

Quisiera tener la seguridad

de saber lo que me pides en este momento;

quisiera que me hablases claramente, como a Samuel.

Muchas veces vivo en la eterna duda.

Vivo entre dos fuerzas opuestas que me provocan indecisión

y en medio de todo no acabo de ver claro.

 

Sácame, Señor, de esta confusión en que vivo.

Quiero saber con certeza el camino que tengo que seguir.

Quiero entrar dentro de mí mismo

y encontrar la fuerza suficiente

para darte una respuesta sin excusas, sin pretextos.

Quiero perder tantos miedos

que me impiden ver claro

el proyecto de vida que puedas tener sobre mí.

 

¿Qué quieres de mí, Señor? ¡Respóndeme!

¿Quieres que sea un discípulo tuyo

para anunciarte en medio de este mundo?

Señor, ¿qué esperas de mí? ¿por qué yo y no otro?

¿Cómo tener la seguridad de que es este mi camino y no otro?

 

En medio de este enjambre de dudas

quiero que sepas, Señor, que haré lo que me pidas.

Si me quieres para anunciar tu Reino, cuenta conmigo, Señor.

Si necesitas mi colaboración

para llevar a todas las personas con las que me encuentre hacia ti,

cuenta conmigo, Señor.

 

Si me llamas a ser testigo tuyo de una forma más radical

como consagrado en medio de los hombres,

cuenta conmigo, Señor.

Y si estás con deseos de dirigir tu Palabra a mi oídos y a mi corazón,

habla, Señor, que tu siervo escucha.

 

 

 

4. Lectura

 

Al día siguiente, Juan se encontraba de nuevo allí con dos de sus discípulos. Fijándose en Jesús que pasaba, dice: «He ahí el Cordero de Dios». Los dos discípulos le oyeron hablar así y siguieron a Jesús. Jesús se volvió, y al ver que le seguían les dice: «¿Qué buscáis?». Ellos le respondieron: «Maestro, ¿dónde vives? Les respondió: «Venid y lo veréis». Fueron, pues, vieron donde vivía y se quedaron con él aquel día.

 

Jn 2,35-39a

 

            Salió de nuevo por la orilla del mar, toda la gente acudía a él, y él les enseñaba. Al pasar, vio a Leví, el de Alfeo, sentado en el despacho de impuestos, y le dice: «Sígueme». Él se levantó y le siguió.

 

Mc 2,13-14

 

 

5. Reflexión

 

Cuando Jesús vino a los suyos sólo los pobres le recibieron. Los ricos, como tenían de todo, no necesitaban escucharle. En cambio, los pobres, los que carecían de lo más necesario, sí le recibieron. Así era también el grupo de seguidores de Jesús: unos pescadores de Galilea; gente que no se podía permitir grandes lujos, y que por tener un corazón generoso, no les importó seguir al Maestro.

 

            Por eso, para responder a la llamada de Jesús e incluso seguirle en la vida cotidiana, hay que estar desprendido de muchas cosas, porque seguir a Jesús es dar un paso en el vacío; ofrecerle la mano sabiendo que no sé adónde me llevará; dejar a un lado las seguridades humanas y poner mi seguridad en Dios.

 

            Sólo quien confía a ciegas en el proyecto de Dios sin pensar qué será de su futuro, está preparado para dar el gran paso.

 

            En este sentido, los discípulos nos dan ejemplo con su vida. Ellos no piden explicaciones a Jesús; no le preguntan el porqué de esa elección y para qué; no se preocupan por dejar lo que estaban haciendo para seguirle; ni siquiera piensan en el futuro que les espera o en el pasado que dejan. En ellos no hay ni palabras ni dudas. Sólo hay una respuesta, un hecho, una actitud: escuchan la llamada de Jesús y, al momento, lo abandonan todo por seguirle. En seguida y sin dudarlo un instante.

 

 

6. Peticiones

 

A Dios, de quien tenemos la seguridad que siempre nos escucha, nos dirigimos en oración sabiendo que lo que le pidamos no va a quedar sin respuesta:

 

• Para que el Señor siga llamando en su Iglesia a personas que quieran dedicar su vida al servicio de la gente, para mostrar el verdadero rostro de Dios. Roguemos al Señor.

 

• Por todos nosotros que nos encontramos juntos en oración, para que el Señor nos muestre qué pide de nosotros. Roguemos al Señor.

 

• Por aquellos que, a pesar de sentir la llamada de Dios, no dan el paso definitivo, bien por miedo, por no estar seguros, o por otros motivos. Roguemos al Señor.

 

• Por todos aquellos que han dedicado su vida al servicio del evangelio, para que Dios les dé ilusión y fuerza en todo momento. Roguemos al Señor.

 

• Por los misioneros que están trabajando, e incluso entregando la propia vida, en otros países lejanos a su patria. Roguemos al Señor.

 

 

7. Oración: «Manda y ordena lo que quieras»

 

Señor, tú que nos diste el que te encontráramos

y el ánimo para seguir buscándote,

no nos abandones al cansancio ni a la desesperanza.

Haznos buscarte siempre y cada vez con más ardor.

Y danos fuerzas para adelantar en la búsqueda.

 

Manda y ordena lo que quieras,

pero limpia mis oídos para que escuchen tu voz.

Sana y abre mis ojos

para que descubran tus indicaciones.

Aparta de mí toda ignorancia

para que reconozca tus caminos.

Dime a dónde debo dirigir la mirada para verte a ti,

y así poder cumplir lo que te agrada

 

San Agustín

Sobre la Trinidad 12,28,5

 

 

 

REFLEJOS DE LUZ