EL ACEBO Y LOS PAJARITOS
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Como el invierno se aproximaba, todos los pajaritos del bosque decidieron emigrar. ¡Qué frío haría en esas tierras, se llenarían de nieve y sin duda las azotaría el viento!
Solamente un pajarito resolvió quedarse en su nido. Lo había hecho en un acebo y era tan acogedor. Pero en realidad, lo que el pajarito quería era otra cosa: él anhelaba la llegada de la Navidad para pedirle a Jesús algo sumamente especial.
El frío invierno llego con toda su crudeza. Caía la nieve, soplaba el viento y el pobre pajarito estaba medio congelado y muerto de hambre esperando con paciencia que llegara la Navidad.
Al final, cuando pensaba que casi no le quedaban fuerzas, llegó Nochebuena. Entonces, reuniendo todo su ánimo y empujado por su confianza, emprendió vuelo hasta el pesebre del pueblo, llegó hasta la imagen del niño recién nacido y le dijo:
- Querido Jesús, te he esperado tanto para pedirte un favor, ¿podrías decirle al viento del invierno que no estropease mi nido? Así, podría quedarme hasta la primavera y esperar el regreso de mi hermano que un día se perdió en el bosque.
El niño Jesús le sonrió, lo miró con ternura y llamó a un ángel, al que le pidió que se encargara de cumplir el deseo del pajarito.
Desde entonces, el acebo conserva sus verdes hojas durante todo el invierno y, además, para distinguirlo de otras plantas, luce también pequeñas bayas rojas y brillantes.
Como si fuera poca la enorme alegría del esforzado y tierno pajarito, sucedió que al regresar a su nido después de visitar a Jesús, ¡encontró ni más ni menos que a su perdido hermanito! Ahora, los dos juntos celebraron la generosidad del Niño Dios.
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