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CANTAR ES ORAR DOS VECES

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Cantar es orar dos veces, sí, pero para ello hay que entender la música como una manera más de expresar y celebrar nuestra fe, como forma de dar vida y autenticidad a nuestra comunidad.

Ayuda a afianzar nuestra fe, porque la música es un don de Dios, un regalo, un motivo de alegría; una alegría que es mayor si se comparte, si se concelebra y se brinda con personas queridas.

La música que nos lleva a Dios no se concibe a modo de actuación, con presentaciones y aplausos, sino como diferentes momentos de una misma melodía que nos une en oración: una oración sencilla y profunda, de la oscuridad y de la luz, de la imagen, de la fe compartida, de la palabra… y, como decíamos, una oración de la música.

Los hermanos de Taizé nos dicen que la oración cantada es una de las expresiones más esenciales en la búsqueda de Dios. Y no olvidemos el carácter meditativo de los cantos breves y repetitivos, cantos que con pocas palabras captan una realidad fundamental para el interior de la persona humana, pues también nos abren a la escucha de Dios.

De igual modo, los mismos hermanos apuntan que “Para abrir las puertas de la confianza en Dios nada reemplaza la belleza de las voces humanas unidas por el canto”, y tal belleza no se traduce sino en la alegría de Dios en la Tierra. Cantar orando ayuda a que una vida interior vaya desarrollándose. Pero es de esencial importancia saber que hay alguien que nos convoca y nos anima, alguien que nos va a comunicar algo a través de la diversidad y pluralidad de dones, entre los que se encuentra la música.

Efectivamente, muchos la vivimos como don, no por saber cantar o tocar un instrumento, sino por ser también un medio de animación, y animar es tarea de todos. La animación es un acto de servicio, y el servicio un acto de amor. Por eso no importa que tengamos mejor o peor oído para esto de la música, lo verdaderamente importante es saber cantar desde nuestro corazón, para así escuchar a Dios y fortalecernos en la fe.

En cierto modo, Dios es como la música: no se ve ni se toca pero es real, y cuando se escucha con el corazón hace que nos estremezcamos.

Uno tras otro los dones se van poniendo a su servicio, se va ofreciendo lo que se tiene: presencia, instrumentos, voz… para cantar y orar dos veces.

 

 
 

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