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Los aplausos, contagiar la fe

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Se levantan los ignorantes y conquistan el cielo, y  ahí tienes: nosotros con toda nuestra ciencia,

pero sin corazón, nos revolcamos en la carne y en el sangre” (Conf.VIII,8, 19)

 

La fe  no se aprende, se recibe por “contagio”  pues nada hay que convenza más que el testimonio; vale más- se dice- un gesto que mil palabras.  El testimonio atrae,  como le ocurrió a Agustín que, viendo el modo de proceder de unos buenos cristianos, dio el paso definitivo hacia su conversión, se dejó conquistar por Dios.  Le atrae el encuentro con Simpliciano y su vida, le atrae la vida y conversión de Victorino, le atraen los relatos de Ponticiano que  le pone el ejemplo de Antonio, monje de Egipto y las comunidades monásticas: Son narraciones de personas de “carne y hueso” que al oírlas le hacen interrogarse ¿A dónde queremos ir con nuestros afanes? ¿Qué pretendemos? ¿Qué objetivos persiguen nuestras actividades? (Cfr. Ibd. VIII, 2, 3 - 7, 18)

 

Y más adelante, en el diálogo consigo mismo se interroga Agustín “¿Es que no vas a ser capaz de ser lo que fueron éstos y éstas? ¿O es que éstos y éstas lo pueden por sí mismos, sin apoyarse en el Señor su Dios? El Señor su Dios me ha entregado a ellos. ¿Por qué te apoyas en ti  mismo, si careces de estabilidad? Lánzate en él. No temas, que no se retirará para que caigas. Lánzate tranquilo, que él te acogerá y te sanará” (Ibd. VIII, 11,25)  

 

También nosotros, hemos experimentado cómo nos anima y contagia  el testimonio de personas buenas, su experiencia de fe, y su entrega a los demás. Igual que una enfermedad se contagia, se puede contagiar una actitud de abandono real en las manos de Dios, de confianza plena en aquel que nos sostiene y conduce nuestros pasos. Se puede contagiar la actitud de respeto al otro, la actitud de la persona humilde que pregunta y busca,  como también, desgraciadamente,  se puede contagiar una actitud de  intolerancia, de prepotencia, de soberbia de quien siempre quiere decir la última palabra, tener razón.

 

No se puede hacer el propósito de contagiar la fe, se trata  no de  buscar ser originales, impactar, sino de vivir sencillamente la experiencia de Dios y ser fiel a él “Habías asaetado nuestro corazón con tu caridad y llevábamos tus palabras clavadas en nuestras entrañas. (Ibd, IX, 2,3). Contagiar lo que se vive: una actitud de búsqueda humilde y de conversión permanente, poniendo la confianza en Dios. Así lo hizo Agustín. “Toda mi esperanza está depositada sólo en tu misericordia, que es inmensamente grande. Da lo que mandas y manda lo que quieras” (Ibd.. X, 29,40)

 

 

Hna. Carmen Ramírez González_AM

 

 

 
 

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