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Los ensayos, la oración
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“No sabemos, como conviene, lo que hemos de pedir” (Rm.8, 26). Para que una partitura suene armoniosamente es necesario haber realizado continuos ensayos, oírla y sentirla, y para esto necesitamos escuchar, dialogar con cada nota, hacer nuestra la partitura y estar muy atentos a lo que el director de la orquesta, que es el mismo Jesús, nos indique. En otra reflexión tratamos el tema de la oración, pero al ser éste inagotable y que incide tanto en nuestra vida, hoy volvemos sobre él, pero desde otra perspectiva. Para ello vamos a ayudarnos de la Carta 130 a Proba que Agustín escribió alrededor del año 411. Habían pasado unos diez años desde la publicación de sus Confesiones. La carta 130 está dedicada a responder algunas cuestiones sobre la oración que Proba, una laica viuda, le había pedido. Lo que dice el apóstol “no sabemos, como conviene, lo que hemos de pedir” (Rm.8, 26) había impresionado a Proba. Agustín la responde, tocando algunas cuestiones de su interés que pueden servirnos a nosotros en nuestro deseo de querer orar.
Cualquiera de nosotros podríamos plantear la misma cuestión a Agustín. A veces, no sabemos qué pedir y cómo orar. Oigamos a Agustín: “Recuerdo que me pediste, y yo convine en ello, que había de escribir algo para ti acerca de la oración (Carta 130, I, 1). La primera cuestión planteada es que, como dice el apóstol, no sabemos lo que hemos de pedir. Agustín responde: “Puedo decírtelo en dos palabras: pide la felicidad” (Cfr. Ibd. IV,9).
Pero ¿Qué es la felicidad?- se pregunta Agustín- ¿hacer lo que queremos? Después de que Agustín pone varios ejemplos escribe: “… hemos de repetir con el salmo: Una cosa pedí al Señor, ésta reclamaré que me permita habitar en la casa del Señor todos los días de mi vida para poder contemplar el gozo de Dios y visitar su templo (Sl. 26,4). (Ibd. VIII, 15).
A esta cuestión podemos añadir otras tres que Agustín trata en su Carta 130: ¿Cómo orar?, ¿Cuándo orar?, ¿A quién dirigir nuestra oración?
¿Cómo orar? Agustín responde a Proba: “… no con largo hablar como si se nos escuchase mejor cuanto más habladores fuéremos, ya que, como el mismo Señor dijo, oramos a aquel que conoce nuestras necesidades antes de que las expongamos. Aunque el Señor nos haya recomendado no el mucho hablar, puede causar extrañeza el que nos haya exhortado a orar, siendo así que conoce nuestras necesidades antes de que las expongamos. Dijo en efecto: Es preciso orar siempre y no desfallecer…” (Ibd. VIII, 15) Más que pedir tenemos que ejercitar con la oración nuestro deseo, y así preparar la capacidad para recibir lo que nos ha de dar. “Su don es muy grande, y nosotros somos pequeños para recibirlo” (Ibd VIII, 17). Agustín insiste en la oración como un ejercicio del deseo. El hombre ha sido creado para una gran realidad, para Dios mismo, para ser colmado por Él. Pero su corazón es demasiado pequeño para la gran realidad que se le entrega. Tiene que ser ensanchado. «Dios, retardando su don, ensancha el deseo; con el deseo, ensancha el espíritu y, ensanchándolo, lo hace capaz de su don». (Cfr. Ibd. VIII, 17)
Alejemos de la oración los largos discursos- insiste Agustín- “El mucho hablar es tratar en la oración un negocio necesario con palabras superfluas”. (Ibd. X, 20) Una cosa es un largo discurso y otra es un afecto sostenido. “La súplica sostenida es llamar con una sostenida y piadosa excitación del corazón a la puerta de aquel que todo lo creó por su Palabra y no necesita de la palabra humana” (Ibd. X, 19).
¿Cuándo orar? El mantener un ritmo diario de oración no es fácil, los muchos quehaceres es una buena disculpa para olvidar la necesidad que tenemos de comunicarnos, de estar en comunión con el Señor. A veces decimos: “todo es oración”. Sí, pero depende de cómo vivamos ese “todo”. Agustín en este sentido también nos recuerda que: “En la fe, esperanza y caridad, oramos siempre con un continuo deseo. Pero a ciertos intervalos de horas y tiempos oramos también al Señor, para amonestarnos a nosotros mismos… con el fin de acrecentar nuestro deseo” (Ibd. IX, 18)
¿A quién dirigir nuestra oración? A veces “oramos a un dios que no puede salvar” (Is. 45,20) Agustín- recordamos- sólo cuando descubrió y aceptó a Jesucristo, cambió de vida. Aceptando a Jesús “Camino, Verdad y Vida”, llegó al Dios, Verdad, Misericordia, Padre.
Jesús nos enseña a orar como enseñó a sus discípulos cuando se lo pidieron. Cuando oréis decid: Padre nuestro. A partir de del Cap. XII cita la oración del Padrenuestro como la oración por excelencia: “Todas las demás palabras que digamos (en nuestra oración) no dicen otra cosa sino las que se contienen en la oración dominical, si es que rezamos bien y apropiadamente. Y quien dice algo que no quepa dentro de esta oración evangélica, ora carnalmente…” (Ibd. XII, 22).
La oración del Padrenuestro condensa en pocas palabras lo más íntimo de la experiencia de Jesús con Dios, su fe en el reino y su preocupación por el mundo. Es la única oración enseñada por Jesús para alimentar la vida de sus seguidores.
¡Padre! Esta es siempre la primera palabra de Jesús al dirigirse a Dios. Es entrar en una atmósfera de confianza e intimidad que ha de impregnar todas las peticiones que siguen. Este es su deseo: enseñar a los hombres a orar como él, sintiéndose hijos queridos del Padre y hermanos solidarios de todos.
Hna. Carmen Ramírez González_AM |
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