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Los cantantes, testigos de Jésús
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Oídme: Cantad por mí al Señor un cántico nuevo. “Ya estamos cantando”, decís. Cantáis, sí, cantáis, Ya os oigo. Pero procurad que vuestra vida no dé testimonio contra lo que vuestra lengua canta. Cantad con vuestra voz, cantad con vuestro corazón, cantad con vuestra boca, cantad con vuestras costumbres…La alabanza del canto reside en el mismo cantor. ¿Queréis rendir alabanzas a Dios? Sed vosotros mismos el canto que vais a cantar. Vosotros mismos seréis su alabanza, si vivís santamente”. (Cfr. S.Ag. Serm. 34, 5-6)
Nadie puede ser un buen cantante si antes no ha vivido dentro de sí la letra y la música del canto. Desde esta vivencia, el cantante transmitirá sus sentimientos, sus emociones y, sobre todo, su experiencia. De igual forma, el testigo de Jesús, tiene que haber experimentado lo que quiere transmitir, el mensaje que Jesús nos regaló en su Evangelio: la relación con su Padre-Dios y con sus hermanos, los hombres y mujeres de su tiempo, con los niños, su relación con la realidad.
Al testigo se le pide que su vida sea un testimonio de lo que ha experimentado. "Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y lo que hemos tocado con nuestras manos acerca de la Palabra de Vida, es lo que les anunciamos". (1Jn 1,1)
Agustín, a través de sus obras y especialmente de sus Confesiones, nos transmitió su experiencia de Dios, siguiendo el camino mostrado por Jesús: “Yo soy el camino, la Verdad y la Vida” (Jn. 14,6). Todas las Confesiones son un canto de alabanza a la misericordia de Dios, a su presencia en todos los momentos de su vida.
Necesitamos vivir la “experiencia de Dios”. No proclamar tanto ideas o ideologías. No buscar atraer para nosotros mismos. No manipular, no imponer a la gente nuestras ideas ni nuestra manera de ver las cosas. Buscar conducir a la gente hacia Jesús, ésta es la misión de los testigos. Y Jesús les mostrará, a través de su experiencia, el rostro del verdadero Dios.
El Dios de Jesús es un Dios cercano, cuya bondad está ya irrumpiendo en el mundo bajo forma de compasión, porque lo que define al Dios de Jesús no es su poder, como entre las divinidades paganas, tampoco su sabiduría, como en algunas corrientes filosóficas de Grecia, Jesús capta a Dios como bondad y salvación. Dios es bueno con él y es bueno con todos sus hijos e hijas. Lo más importante para Dios son las personas; mucho más que los sacrificios. Dios sólo quiere su bien. No es alguien extraño que, desde lejos controla el mundo y presiona nuestras pobres vidas; es el Amigo que, desde dentro, comparte nuestra existencia y se convierte en la luz más clara para enfrentarnos a la crudeza de la vida y al misterio de la muerte. Este es el Dios de Jesús y de este Dios tenemos que ser testigos (Cfr. J.A. Pagola “Jesús, aproximación histórica” pags. 321 y 464)
A veces nos tendríamos que preguntar. ¿ De qué Dios somos testigos?, ¿cuál es el rostro de Dios que mostramos cuando nos acercamos a los demás?, ¿creemos de verdad que Dios nos ama y nos sigue amando, aunque nosotros le volvamos la espalda una y mil veces? Respondamos a estos interrogantes en clima de oración, en diálogo con Dios.
Hna. Carmen Ramírez González_AM |
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