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El Compositor, la respuesta personal

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“Tus palabras se habían adherido a mis entrañas y el asedio que me habías puesto era total ( Conf.  VIII, 1, 1)

¡Hala, Señor, actúa! ¡Despiértanos e insiste en tu llamada, entusiásmanos y arrástranos, deslúmbranos, qué trasciendan tus dulzuras, amemos, corramos! ¿No es cierto que son muchos los que retornan a ti desde un abismo de ceguera…? (Ibd. VIII, 4, 9)

Mi espíritu vibraba indignado… y todo porque no acababa de llegar a un acuerdo contigo (Ibd. VIII, 8,19)

Me  he preguntado la relación posible entre el “compositor” y la “respuesta a la Palabra de Dios”. Este es el título  sobre el que, esta vez, tengo que hacer una pequeña reflexión. Me ha resultado difícil comenzar. Difícil porque soy ignorante en música, aunque me encanta  escucharla.  Me refiero a la música clásica: Bach, Beethoven, Vivaldi, Strauss etc. ¡Qué maravilla de compositores!  Pienso que ellos intentaron transmitirnos  su vida interior, su contemplación de la naturaleza, sus inquietudes. Todos tuvieron una intuición original, sabían lo que querían a donde querían llegar, escucharon  y crearon algo nuevo, original, personal. Siempre a base de perseverancia, constancia y humildad.

Agustín también tuvo una intuición personal buscando la felicidad y, después de muchas inquietudes y crisis, de mucha búsqueda por su parte  e  insistencia de Dios, Agustín dio su respuesta personal, original, creativa, fue un gran “compositor de su existencia”, pasando de su  ser desordenado  a la armonía lograda de todo su mundo interior.    

Fue la lectura del apóstol Pablo, Rm. 13,13 la que desencadeno la respuesta definitiva a Dios “Nada de comilonas ni borracheras, nada de lujurias y desenfrenos, nada de rivalidades y envidias. Revestíos, más bien, del Señor Jesucristo y no os preocupéis de la carne para satisfacer sus concupiscencias. No quise leer más ni era preciso. Al punto, nada más acabada la lectura de este pasaje, sentí como si una luz de seguridad se hubiera derramado en mi corazón, ahuyentando todas las tinieblas de mi duda” (Conf. VIII, 12, 30)

Sabemos que para Agustín  las tres concupiscencias: el poder, las riquezas y el placer le envolvían, pero al final triunfó en él  la gracia de Dios “Me convertiste a ti de tal modo que ya no me preocupaba de buscar esposa ni me retenía esperanza alguna de este mundo.”  ( Ibd. VIII, 12, 30)

La palabra de Dios nos compromete siempre. Dios, cuando nos habla, exige que nuestra vida cambie, que renunciemos a las cosas que nos atan, a fin de que podamos ser libres para seguirle.

Aceptar a Jesús, su vida, sus ideas y su experiencia de Dios, no puede dejarnos donde estábamos antes, tenemos que cambiar algo por insignificante que sea, siendo conscientes que seguiremos sintiendo la necesidad del perdón y de la gracias, porque la debilidad nos acompañará siempre, igual que acompañó a Agustín a lo largo de su vida.

Cuando Agustín en el libro X de sus Confesiones nos narra cual era su existencia, siendo ya obispo, se reconoce débil y pecador y tentado. Así se expresa: “Esta es la situación en que me encuentro. Orad conmigo y por mí los que, dentro del corazón, que es el lugar de donde proceden las obras, tenéis y hacéis algún bien. Porque los que no lo tenéis, no os sentiréis tocados por mis palabras. Y tú, Señor Dios mío, escúchame, observa, mira, apiádate de mí y cúrame. Ante tus ojos me he convertido en todo un problema. Y en esto consiste mi enfermedad” (Ibd. X, 33, 50)

La respuesta personal, mía, a la Palabra de Dios no consiste principalmente en la confianza en las propias capacidades, sino en la confianza en quien llama “apiádate de mí y cúrame”. La respuesta a la Palabra  se convierte en una súplica confiada a Dios. Y esta es la esperanza que no defrauda y nos anima a seguir escuchando para dar nuestra respuesta personal a la Palabra.

 

Hna. Carmen Ramírez González_AM

 

 

 
 

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